“Érase una vez,
en un país libre,
un príncipe
al que la policía le pilló un chivato con marihuana,
se lo quitó para fumarse un porro
y además le multaron.”
Así vas a tener que contarle los cuentos a tus hijos como
seas un padre o madre consumidor/a de marihuana. Pero no uno de esos cuentos
que narras para dormir, sino un cuento de mayores. Uno de esos cuentos
equivalentes a la primera charla sexual, o esa serie de instrucciones que se
dan después de la primera regla.
“Sí, hijo, está prohibida. Ni tu madre ni yo lo entendemos...”
Buscando en el baúl de la exclusión social del siglo en el
que vivimos, he encontrado de todo. Cosas ajenas a mí, casos más cercanos,
situaciones que incluso casi me rozan, y me he encontrado a mí. Al Carlos
Garrigós Martí consumidor de marihuana.
Muchos tabúes existen fuera de este mundo y están en
boca también de los propios consumidores, y es que el tema “marihuánico” es
algo desconocido. Pocos saben qué está dentro de la ley, qué está fuera. Pocos
saben qué pasa con toda esa marihuana confiscada (lo mismo con la coca (desde
aquí aprovecho para mandar un saludo a los coleguis antidisturbios)). Y, más
importante aún, pocos saben qué efectos tienen y he ahí el problema en cuestión.
El nacimiento de los prejuicios.
“Sí, hijo, nos persiguieron por todas las calles, no pudimos
vivir en paz. La gente miraba y destrozaba con sus juicios morales… No sé hasta
qué punto eran ellos los que nos evitaban, o justo al revés.”
Desde las raíces hasta el tallo más alto, la marihuana es
toda planta. Más natural, más química, es verdad, pero toda planta. De aquí
nace la mayoría de “sinrespuestas” de tantos consumidores que no entienden cómo
una infusión que te deja grogui puede ser legal y la maría no. No entienden
tampoco cómo el tabaco y el alcohol están dentro de los libros
constitucionales, a costa de llenar las grandes arcas del estado (vacías a
simple vista, pero hasta el culo en su doble fondo) y, sin embargo, su estilo
de vida está tan mutilado como aquel que no tiene unos harapos llamados “papeles”.
Porque seamos sinceros, hay dos bandos, la legalidad y el resto. No hay niveles.
Al menos no para el que cachea.
“Suerte que a mis dos amigos no les gustaban las riñoneras,
ni las camisetas sin mangas, porque los dos policías ya habían bajado del
coche:
-A ver, chicos, hemos visto ciertos indicios de estar
haciendo algo que no corresponde. Así que, si me sois tan amables, vais a ir
poniendo de uno en uno todo aquello que llevéis en los bolsillos y la mochila. Y
tú, -dijo dirigiéndose a mí- tú vas a ser el último.”
Creo que poco cabe comentar. Quedaría vacía una comparación
tan obvia.
Me dicen de los prejuicios que le tengo a la policía, me dicen
de lo perjudicial que puede ser para mi salud (y, sin embargo, por ahí andan
recomendándolas para ciertos tratamientos), me dicen que no sé dónde estoy
metido. Me dicen y dicen y no saben ni cómo decirlo para creérselo ellos
mismos.
Me dirigen la palabra pero no me hablan. Me dicen y me
excluyen.
//
Antes de hablar de la foto, no me cuesta reconocer que fumé marihuana mientras la hacía y que la jodida me abrió la mente. Creo que intenta reflejar un poco el sentimiento de
exclusión que sufren aquellos que consumen marihuana. Cómo un vaso, una pared rígida
y dura, separa dos partes de la naturaleza.
Cómo separa el verde, del verde.
Un saludo, y au a pillar.
Érase una vez, una persona increible
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