diumenge, 21 d’abril del 2013

El infierno de Chernobyl: ¿el principio del fin?



¿No es el ser humano el único animal racional que puede mimar, construir y progresar con respecto a su mundo?... ¿Es más sencillo dar la espalda a aquello que un día supuso el fin del mundo para tantos seres humanos?... ¿Somos las personas sólo capaces de responder a una convivencia sin prejuicios cuando nos aborda el KAOS? ¿Hasta qué punto son algunas voces mediocres, hipócritas y orgullosas de ocultar información pese a que nuestra vida esté en juego? ¿Es este el principio de nuestro fin?... Imagino el diabólico miedo dibujado en las pupilas de los ojos de aquellas personas que, pudieron ser testigas/os directas, de aquella bola de fuego aterradora, que era el fantasma de la barbarie que el ser humano puede crear con sus fórmulas y con su licencia lícita de manipular a cualquier precio… En base a estas preguntas, he realizado un texto acompañado de imágenes que muestran el lado más oscuro de las catástrofes nucleares... Os invito a que conozcáis:    

CHERNOBIL EL MAYOR DESASTRE NUCLEAR DE LA HISTORIA... 


Aunque pasan los años, sigo llorando cuando leo…

Monumento eterno a la desolación
 Rezar aunque no supieran oración alguna
Salvar y morir     VS      Huir y morir
Unión como única opción
Leucemia
Territorios fantasmas
Sueños que nunca vieron la luz
Esperanzas que murieron lenta y cruelmente
Malformaciones

Soledad

Nubes grises perennes
Vidas truncadas

Aquello que nunca imaginamos antes

En Ucrania, a unos 100 kilómetros al norte de Kiev el 26 de abril de 1986 a la 1:23  el rector numero 4 de la central nuclear de Chernobyl sufre el mayor accidente nuclear conocido hasta nuestros días y en toda la historia de la humanidad. 
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No somos nadie, y sin embargo, somos a su vez una increíble máquina de matar. Ese día falló un sistema de seguridad y se desató una catástrofe… Todo estaba fuera de control, y apareció una incontrolada generación de vapor en el núcleo del reactor, de forma muy rápida se superaron en 100 veces los máximos admitidos; con la fatalidad de que estallaron por sobrepresión los conductos de alimentación y la coraza protectora de grafito del núcleo produciéndose un pavoroso incendio, y la expulsión al exterior de 8 toneladas de combustible radiactivo. 



Las consecuencias de la catástrofe afectaron a un área con casi 5 millones de habitantes, contaminando el 23% de la superficie de la vecina Bielorusia, partes de Rusia y Ucrania y algunas regiones de Polonia, República Checa y Alemania. Las brigadas especializadas enfrentaron la heroica tarea de sofocar los incendios y neutralizar el núcleo del reactor arrojando toneladas de químicos y arena desde los helicópteros. Y las consecuencias llegaban de inmediato, dejando escrito el miedo y la pesadilla a su paso. Al menos 30 de sus integrantes murieron por niveles de exposición letal en el mismo momento. Durante los siguientes meses otros liquidadores adicionales en un número que en total se estima en 600.000 entre militares, técnicos y voluntarios trabajaron en la construcción de un sarcófago de concreto para sellar las fugas y reducir la contaminación en las adyacencias expuestos a altas radiaciones.


Pero, mientrastanto… ¿Cuál fue la respuesta del resto del mundo? Esconder la magnitud de la tragedia de modo que el miedo no se apoderara de las mentes humanas. ¿Cómo persiste el valor de esconder a la humanidad la nube de radiación nuclear que arrasaba cuanto pillaba a su paso? Me cuestiono y pongo en duda una vez más las respuestas de aquellas personas, que supuesta y fríamente, velan por nuestra protección y dignidad humana. Sin ir más lejos, se debió haber aplicado un protocolo de emergencia para no consumir verduras, frutas y leche, según fuentes secundarias, sin embargo nada de esto se llevó a la práctica, puesto que cundiría un kaos, tal vez innecesario. La catástrofe inicialmente disimulada en su verdadera magnitud por Rusia trascendía a la propagación por toda Europa y algunas voces pretendían seguir silenciadas. El miedo se había hecho dueño de miles de personas y la incertidumbre vivida desde entonces fue la eterna compañera, por el resto de vida de tantas almas que quedaron hundidas en la miseria moral, física y trascendental.



La población de Pripiat fue la primera en ser evacuada, el radio se extendía como la espuma alcanzando y arrasando hasta los 30 kms. a otras localidades que también serían definitivamente evacuadas. Y así sucesivamente… Hasta una cifra aproximada de 350.000 personas. Los despliegues de personas abocadas a la cooperación aún sabiendo que iban a morir, muestra una fortaleza en el ser humano, que no puede describirse con palabras. Tratar con el terror más exhaustivo debe ser una de las peores muertes dolorosas. Había que depurar  con ánimo de conseguir asepsia y, producción agrícola y ganadera, debía ser destruida, así como las áreas próximas a la zona cero abandonadas definitivamente, dejando zonas similares a cementerios en plena urbe. Ni etnia, ni religión, ni nacionalidad, ni banderas, tampoco las fronteras fueron un motivo de disgregación, la unión debía ser la fuerza para rezar y rogar aunque no supieran bien a qué dios, que aquel desastre que había llegado de manos del ser humano, terminara cuanto antes, si es que no suponía aquello un final del mundo enigmático, lento y doloroso.




Pasó el tiempo y, una década y media más tarde la evaluación de víctimas totales por parte de organizaciones no gubernamentales debido a contaminación directa o por consecuencias indirectas de la catástrofe ascendía a 20.000 personas muertas o con pronóstico fatal debido a las afecciones contraídas debido a la radiación y cerca de 300.000 aquejadas por distintos tipos de cáncer.



Ha sido tardío el informe que la OMS ha realizado sobre la magnitud de la tragedia hasta nuestros días, aunque recogiendo algunos de los puntos más clave podemos saborear todavía el dolor en las mentes ajenas. Investigando al respecto, caí en la cuenta de que posiblemente en el momento, las personas de haber sabido lo que suponía sobrevivir con secuelas, hubieran adquirido el pasaje hacia el otro mundo sin pensarlo dos veces, puesto que la radiofrecuencia es la peor arma de destrucción masiva, en manos del ser humano. Otro de los puntos que más me descolocó es que en algunas zonas de Belarús, Rusia y Ucrania, todavía persisten radionucleidos con los que conviven aún sabiendo de la existencia de estos. En cuanto a las enfermedades la cifra de 4.000 tipos de cáncer nuevos, derrite mi entereza y me deja casi sin aliento. Los supuestamente ambiciosos programas de rehabilitación y prestaciones sociales iniciados por la antigua Unión Soviética no fueron nunca suficientes y personas han quedado al borde de la desolación. Si hubo algo que me hizo casi estallar mientras leía, fue conocer que los elementos estructurales del sarcófago construido en torno al reactor dañado se han deteriorado, con el consiguiente riesgo de hundimiento y liberación de polvo radiactivo…



Me gustaría finalizar reflexionando en torno a la idea de si este capítulo continuará, si tenemos que temer... Yo lo pienso, cuando miro más allá... También dejo abierto y a debate de si es lícito dejar que esas zonas estén habitadas y que sigan funcionando como cualquier otro contexto sociológico de los que nos envuelve, aún a sabiendas de que el riesgo persiste bajo las baldosas de aquellas calles que tiemblan en silencio.

                                                                                                                                                 nika


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